¿Quiere ayudar a reescribir las vidas de los afectados por las minas en Colombia? Descargue la tipografía de Letras de Apoyo desde $5.000 pesos en www.letrasdeapoyo.com o adquiérala en cualquier punto VIA Baloto del país. #LetrasDeApoyo

VER VIDEO
COMPARTIR

UNA MINA

Un recipiente plástico, tubos de PVC y correas de hilo son los materiales de esta prótesis. Caminar con ella es prácticamente imposible.

Foto: Ana Vallejo

MINA

ME MARCÓ

Las minas antipersonal marcaron la vida de los 11.460 colombianos que las pisaron, la de sus familiares y la de los que las instalaron o pertenecieron a un grupo que lo hizo.



E

n el país, policías, militares, guerrilleros, paramilitares, civiles y hasta niños han caído en las minas antipersonal. Este es un flagelo que no distingue entre bandos, que destruye a quien lo sufre y también a los que lo rodean. Debilita el cuerpo, pero sobretodo el alma. Es silencioso, oculto, sigiloso. Sin embargo, muchas de sus víctimas vieron en la discapacidad una oportunidad para hacer cosas impensables, otras continúan pasmadas y para algunas el duelo no termina. Del otro lado está el arrepentimiento de los que las fabricaron, de los que pertenecieron a un grupo que las usó, y el de los que las instalaron con sus propias manos. A todos una mina los marcó.






UN DRAMA NACIONAL

Este es el daño que el ‘enemigo oculto’ causa en el país.




En Colombia hay
11.460
víctimas de minas


7.025
pertenecen a la Fuerza Pública
(62%)


4.435
son civiles
(38%)


Los menores de edad

10%
(1.163 personas)
de los civiles víctimas de minas son menores de edad o eran menores de edad cuando sufrieron el accidente. El 78% sobrevivió. 2002 fue el peor año para los menores: 85 heridos y 28 muertos.


Género

El 95%
de las víctimas de minas son hombres.

Cuando el hombre sufre el accidente, la mujer pasa a asumir las riendas del hogar. Generar ingresos para el sostenimiento familiar, realizar las labores del hogar y cuidar del sobreviviente se convierten en su día a día.

El abandono del hogar en ambos casos -cuando la mujer es víctima o cuando el hombre es víctima-, es una consecuencia recurrente. En algunos casos el que abandona se lleva los recursos o bienes comunes y deja en total desprotección al sobreviviente de mina.


Minorías

Los resguardos indígenas y los territorios colectivos de las comunidades negras, por encontrarse en zonas apartadas y con gran presencia de actores armados, sufren constantemente el flagelo de las minas. La presencia de explosivos en sus tierras no es solo una violación al derecho a la vida sino a su propiedad ancestral. 9 por ciento de las víctimas de minas son indígenas y un 1 por ciento, afros.

El 37%
de los indígenas víctimas eran menores de edad:
44 niñas y
95 niños

Solo 20%
de los afectados por minas en Colombia han muerto. El resto debe enfrentarse a las barreras sociales, económicas, y físicas que implica haber perdido un miembro, tener discapacidad motriz, auditiva y/o visual, y/o secuelas psicológicas.


En los últimos 5 años
el número de víctimas se ha reducido notablemente:
2011: 569 víctimas
2012: 589 víctimas
2013: 419 víctimas
2014: 292 víctimas
2015: 222 víctimas
2016: 74 víctimas






VÍCTIMAS

El efecto de las minas antipersonal en cada una de sus víctimas es diferente. Hay historias duras, escalofriantes, pero también inspiradoras. Estos colombianos saben qué es caer en una de ellas.

TOQUE EN LAS IMÁGENES PARA VER MÁS CONTENIDO

La maternidad le devolvió la vida

La maternidad le devolvió la vida

Tres años después de perder sus piernas por una mina, Aydé Rocío Arias, indígena awá, dio a luz a su hijo David, su mayor motivo para aferrarse a la vida.

VER VIDEO
COMPARTIR

La lucha de Eudora

De 18 hermanos, Eudora y Gundiralbo eran los más unidos. Todos los recuerdos de él se quedaron en Pasca, su pueblo, y el único al que puede aferrarse es una camisa que, según ella, aún conserva su olor.

Foto: David Amado
Eudora Morales

La lucha de Eudora

COMPARTIR

Por la complejidad de las zonas en que se presentan los accidentes con minas, para muchas familias el solo hecho de recuperar el cuerpo de la víctima es una tortura interminable.

Eudora Morales lleva siete años tratando de ver por última vez el cuerpo de su hermano, un campesino cundinamarqués que murió desangrado tras pisar una mina en las profundidades del Sumapaz. En enero de 2009, habitantes de la vereda La Totuma, hallaron el cuerpo sin vida de don Gundiralbo. Una de sus piernas faltaba y el artefacto explosivo reposaba a unos cuantos metros de ahí. Semanas atrás, Gundiralbo –que hoy tendría 72 años– y Eudora –de 63– habían tenido lo que sería su última conversación:

La Totuma, además de ser una zona de difícil acceso, tiene presencia de grupos armados, por lo que para Eudora llegar se ha convertido en un viacrucis. Solo lo intentó una vez y en la cabecera municipal le dijeron: “Señora, usted pasa y no vuelve”.

Desde entonces, sus días han transcurrido de fiscalía en fiscalía intentando que el Estado la acompañe a recoger el cuerpo.

No haber estado en el entierro que le hicieron a su hermano en La Totuma le causa mucho dolor por lo que traerlo a Bogotá y darle cristiana sepultura es su máximo anhelo.

Hace tres años la fiscalía encargada autorizó el traslado pero el mal tiempo jugó en su contra y el helicóptero del Ejército no pudo aterrizar. Para llegar al cementerio donde está enterrado Gundiralbo, por lo menos hay que caminar una semana, mientras que al helicóptero le toma 15 minutos llegar desde Villavicencio. Eudora no ha recibido auxilios económicos por parte del Estado para asistir al traslado de su hermano y financiar la infinidad de diligencias que ha tenido que hacer. La vez que el helicóptero se devolvió gastó 150.000 pesos entre hospedaje y transporte terrestre.

En enero del año pasado le dieron luz verde de nuevo y agendaron la exhumación y el traslado para octubre. Sin embargo, el asunto sigue congelado. Mientras tanto, reza por que el clima sea favorecedor y pueda terminar, de una vez por todas, con la zozobra que siente desde enero de 2009.

EN FOTO: De 18 hermanos, Eudora y Gundiralbo eran los más unidos. Todos los recuerdos de él se quedaron en Pasca, su pueblo, y el único al que puede aferrarse es una camisa que, según ella, aún conserva su olor.

Foto: David Amado

El triatleta que sobrevivió a una mina

En varias competencias internacionales los espectadores han invitado a Samuel a comer, como un homenaje a los héroes de guerra.

Foto: David Amado
Eudora Morales

El triatleta que sobrevivió a una mina

COMPARTIR

Tras caer en un campo minado, este sargento entendió que solo venciendo la discapacidad y dedicándose al deporte podría reconstruir su vida.

Cuando pisó la mina, Samuel Bocanegra solo pensó en evitar que los soldados que venían atrás cayeran en otra y esquivar las balas que llovían sobre las tropas. El 25 de noviembre de 2001, su pelotón de Infantería del Ejército había ingresado esa mañana a un lote en el área rural de Villaflor, Putumayo, con la misión de sacar varios rehenes de las Farc y permitirles regresar con sus familias a tiempo para la Navidad.

Los guerrilleros se percataron y abrieron fuego. Ráfagas de ametralladora iban y venían pero la mayor preocupación de Samuel era que su personal y los civiles salieran ilesos de lo que podía ser un campo minado. Su intuición no le falló, pues el sitio estaba infestado de artefactos explosivos. En la avanzada, luego que dos soldados pasaron delante de él, la suerte no estuvo de su lado y pisó una. En medio del shock, ordenó a sus hombres detenerse, sostener el fuego, y esperó a que los que venían atrás llegaran a custodiarlo para evitar que lo remataran. Aguantó pacientemente y cuando la balacera amainó lo sacaron de la zona.

A su llegada a Puerto Asís lo recibieron directamente en el quirófano y dos días después, ya en Bogotá, recobró la consciencia. Revisó una a una sus extremidades, contó todos sus dedos y con alivio vio que su pierna izquierda todavía estaba completa. Pero el diagnóstico fue poco esperanzador. La mina que había pisado tenía materia fecal y su pierna estaba totalmente infectada. Era necesario amputarla. El dolor, cuenta Samuel, era tan insoportable que no le fue difícil aceptar que le amputaran la pierna. Si la conservaba, la infección le podía subir hasta la rodilla y en ese punto la amputación sería mucho más compleja; su movilidad se vería seriamente afectada y tener la pierna sería más incómodo que no tenerla.

Pero nadie le devolvería sus sueños. Desde pequeño soñó con ser militar y conseguirlo fue todo un sacrificio. En su infancia trabajó con su madre en la plaza de mercado y luego se desempeñó por años como vendedor ambulante. Por eso, cuando llegó a ser sargento y pisó la mina, la frustración no se hizo esperar. “Me aislé y me sumergí en la idea de que era incapaz de todo. Me daba pánico saber que la sociedad me rechazaría, que mi propia familia lo haría. Con una mina uno no solamente pierde una parte del cuerpo sino la familia”.

Al cabo de dos años, recién rehabilitado con una prótesis, su esposa lo dejó, pero al año siguiente conoció su verdadero amor: el atletismo. Vio en una calle un afiche publicitario de la Media Maratón de Bogotá; correr siempre le había gustado y desde sus épocas de estudiante lo hacía con regularidad. “Yo llegaba del colegio, me ponía una pantaloneta y salía a correr por el barrio. Después, con la vida militar lo dejé un poco pero cuando patrullaba lugares relativamente seguros corría para relajarme”.

Desde entonces comenzó a prepararse y un día cualquiera encontró en internet un video sobre la carrera Ironman 42k -la competencia más exigente de triatlón- en el que aparecía un hombre amputado corriendo. La imagen instantáneamente llamó su atención y entrenarse para esa competencia se convirtió en su máxima meta. Duró dos años practicando bicicleta, corriendo y nadando para contar con la resistencia propia de los Ironman, hasta que en 2010 viajó a Florida, Estados Unidos, para participar en esa carrera. “El Ironman como carrera implica nadar 4 kilómetros, montar en bicicleta 180, y correr 42. Ahí mismo dije: esto es lo mío”.

Hoy Samuel es, orgullosamente, el primer Ironman colombiano víctima de las minas y la primera persona en el mundo en correr 140 kilómetros con prótesis de pierna. En todas sus competencias ha ocupado el primer y tercer lugar en la categoría de personas con discapacidad y los rivales que no ha podido vencer han sido una persona con visión parcial y un amputado de mano. “Imposible ganarles”, dice riéndose.

Al menos 3.000 personas compiten en las carreras Ironman y las que tienen algún tipo de discapacidad lo hacen en igualdad de condiciones. Samuel ha estado siempre entre los puestos 1.234 y 1.542 de la general y tiene sus ojos puestos en un sueño al que él define como la experiencia más liberadora de vida: correr los 22.000 kilómetros que separan la Patagonia (Argentina) de Alaska (Estados Unidos).

*Si usted está interesado en contribuir al sueño de Samuel de correr la distancia entre la Patagonia y Alaska escriba a lcampose@semana.com.

EN FOTO: En varias competencias internacionales los espectadores han invitado a Samuel a comer, como un homenaje a los héroes de guerra.

Foto: David Amado

La víctima que fabrica prótesis

La víctima que fabrica prótesis

Tras sufrir un accidente con una mina, José Bernardo Calderón perdió la pierna derecha y la guerrilla lo hizo desplazarse con su familia. Hoy fabrica prótesis para quienes han sufrido lo mismo.

VER VIDEO
COMPARTIR

Victimario y víctima

Excombatientes de la guerrilla y los paramilitares han caído en minas. Muchos en campos minados por su propio grupo.

Foto: Julián Roldán
Eudora Morales

Victimario y víctima

COMPARTIR

A Luis Vanegas, desmovilizado de las autodefensas, le tocó ser víctima de la guerra en la que participó.

Aunque Luis se desmovilizó del Bloque de Autodefensas del Magdalena Medio en febrero de 2006, su paso por el conflicto le dejó una huella imborrable que él mismo describe como “un momento muy difícil. A pesar de haber ocurrido hace diez años, sigue costándome trabajo narrar los detalles”.

El hecho se produjo a mediados de 2005 mientras patrullaba la vereda Guadualito, del municipio de Sonsón, en Antioquia. Junto a Luis, iban otros 16 combatientes verificando que la zona estuviera libre de guerrilleros. “Caminábamos con cuidado, uno detrás del otro, y conservando la distancia, cosa que si alguien pisaba una mina, la explosión no se llevara a muchos”.

Y así fue, la mina que instaló el frente 47 de las Farc, y que pisó Luis, solo lo afectó a él y a su pierna izquierda. En ese momento entendió que al entrar a la guerra, nunca se tiene certeza de cómo se sale:

Tras la explosión, lo llevaron al centro médico de La Danta, otro de los corregimientos de Sonsón. Después, lo trasladaron a La Dorada (Caldas) y, finalmente, a Manizales. Nunca supo cómo se pagaron las cuentas de los hospitales por donde pasó, en los que se encontraba registrado como cualquier civil. “Yo solo recibía órdenes”, admite.

Entre todos los horrores que producen las minas antipersonal, la que más conmueve a Luis es la incapacidad de estos artefactos por distinguir a sus víctimas, pues “no diferencian entre guerrilleros, ‘paras’, niños o ancianos”.

Después de su accidente, Luis no volvió a empuñar un arma. Renunció a la guerra y a la prótesis a la que nunca logró acostumbrarse, reemplazándola por un par de muletas. Hoy vive en La Danta, corregimiento de Sonsón, tiene un hijo de 8 años, y trabaja en un oficio que le llena el corazón.

Se define como un artesano, hace figuras de animales en mármol, así como placas conmemorativas para cementerios. Es afortunado, pues no le cabe duda que jamás volvería a hacer parte de las filas de un grupo armado. Y menos por las razones que lo llevaron a hacerlo cuando tenía 21 años y creía que esa era la mejor forma de sobrevivir en el campo y de darle una lección a los guerrilleros, que de niño, lo enviaban a hacer mandados.

Con 10 años más, y con el sueño de llegar a ser un gran escultor, espera tener una vejez tranquila y ver a su hijo realizado, para que la guerra no lo vaya a coger como a él, sin ningún tipo de consideración.

EN FOTO: Excombatientes de la guerrilla y los paramilitares han caído en minas. Muchos en campos minados por su propio grupo.

Foto: Julián Roldán

“¿La pierna me va a volver a salir?”

Eudora Morales

“¿La pierna me va a volver a salir?”

COMPARTIR

Hoy Angie vive en Barrancabermeja con su papá, quien ha estado a cargo de ella desde que tenía 4 años.

Foto: Lida Malagón

Angie Paola Trespalacios no tiene mayores recuerdos del accidente que la dejó sin su pierna derecha a los 8 años. Hoy es una adolescente extrovertida que quiere ser actriz y que monta en bicicleta con una enorme destreza.

"Supongo que tenía puesta una falda y una camisa sin escote porque veníamos del culto. Estábamos caminando hacia donde mi abuelo y yo pisé eso. Caí acurrucada y de ahí en adelante… ni idea. Me desperté y estaba en brazos del esposo de mi tía. Yo solamente lloraba… y lloraba”. Angie tiene 16 años, está en décimo grado, dice que en el colegio no le va ni tan bien ni tan mal, y durante años asistió a un culto evangélico con sus primos y tíos. El 20 de julio de 2008, en la vereda El Diamante, del municipio de Timbiquí, Bolívar, regresaba de su cita religiosa de los domingos cuando se paró en una mina antipersonal. Tenía 8 años.

Dos días después la niña fue atendida en un hospital de primer nivel, en Bucaramanga. Cuando llegó tenía la pierna derecha enyesada y la gangrena “ya me había picado”, dice. “Los médicos dijeron que no debieron enyesarla, que lo mejor era cortársela antes de que siguiera subiendo la infección –cuenta Raúl Trespalacios, su papá, quien ha estado a cargo de ella desde los 4 años, cuando su esposa se fue de la casa–. Cuando se despertó sin la pierna, hasta los mismos médicos lloraron… lo primero que preguntó es que si le iba a volver a salir”.

Angie quiere ser actriz. Con su acento costeño ha dicho en televisión que le apasiona montar en bicicleta y con un discurso fluido, decidido, ha salido a contar su historia, lo que le valió un regalo olímpico: la medallista olímpica en BMX Mariana Pajón, escaneó su pierna derecha en 3D para que se fabricara una réplica exacta que le sirviera de prótesis a Angie. Su agradecimiento, dice ella, “va hasta la luna”.

EN FOTO: Hoy Angie vive en Barrancabermeja con su papá, quien ha estado a cargo de ella desde que tenía 4 años.

Foto: Lida Malagón

Héroe al extremo

Héroe al extremo

Pese a que una mina le quitó ambos brazos, Juan David Arias descubrió que no hay cosas imposibles sino hombres incapaces. Los deportes extremos lo apasionan.

VER VIDEO
COMPARTIR

La tragedia de los erradicadores

Aunque los erradicadores van a los cultivos ilícitos acompañados de la fuerza pública, carecen de medidas de seguridad propicias para entrar en zonas con sospecha de minas.

Foto: León Darío Peláez
Eudora Morales

La tragedia de los erradicadores

COMPARTIR

Desde 2005, más de 1.000 campesinos han erradicado cultivos ilícitos en zonas de conflicto. Por culpa de las minas 414 murieron o quedaron heridos.

En lugares apartados de Putumayo, Caquetá, Catatumbo, Meta o Nariño, entre otros, campesinos erradican coca con sus manos como parte de una política gubernamental que por estos días cumple once años. La erradicación manual de cultivos ilícitos surgió como una iniciativa de la entonces Acción Social, hoy Departamento para la Prosperidad Social, para generar empleo en el campo, evitar la contaminación de los cultivos de pancoger por glifosato y atacar el narcotráfico. Sin embargo, por más legítimos que parecieran dichos cometidos, en la práctica la situación se salió de control y por años el oficio de erradicador fue una trampa mortal.

Estos cultivos, por ser oro para los actores armados, suelen estar custodiados por hombres armados o minas. Estas reposan bajo las plantas esperando a estallar apenas las raíces se remuevan o están regadas a lo largo de las plantaciones. En 2004, el Estado creó el Programa contra Cultivos Ilícitos (PCI), una estrategia con la que el narcotráfico sería atacado desde la raíz.

Serían responsables de tal hazaña campesinos que visitarían por temporadas de hasta 60 días zonas de cultivos ilícitos, y que arrancarían con sus manos las matas de coca; la ganancia: empleo, cultivos lícitos libres de glifosato y resultados; el lado oscuro del asunto: contrataciones informales y riesgo de muerte para los erradicadores, ya fuera en medio de un fuego cruzado o a manos de las minas.

El constante desempleo al que se enfrentaban hizo que muchos dijeran que sí sin pensarlo dos veces. Lo que no sabían era que por entrar en zonas de conflicto tenían casi agendada una cita con las minas. Durante las jornadas, pese a que el Ejército o la Policía revisaban el área y custodiaban el perímetro antes de comenzar la erradicación, los accidentes con estos artefactos fueron frecuentes. Eso demuestran los 414 campesinos muertos o heridos por minas hasta el momento, la mayoría ocurridos entre 2008 y 2009. Los uniformes que usan no tienen ningún tipo de seguridad contra una eventual explosión; visten pantalones de dril y camisetas azules de algodón que a los ojos del PCI funcionan como distintivo para que en caso de un enfrentamiento sean fácilmente identificados como civiles.

Angélica Suárez, abogada de la Campaña Colombiana contra Minas, ha estudiado a profundidad el tema y su concepto pone en duda la legitimidad de la erradicación realizada por civiles que promueve el Estado: “Llevar civiles al conflicto es terriblemente grave. Viola el derecho internacional humanitario, la Convención de Ottawa y todos los tratados referentes a derechos humanos que ha firmado Colombia. Está tan mal hecho que, incluso, los primeros contratos fueron verbales”.

Sin embargo, Jairo Cabrera, director del PCI, aclaró lo siguiente: “De 2005 a 2011 la estrategia estuvo a cargo de Acción Social; en sus dos primeros años la contratación era por jornal y hubo 314 afectados por minas. No obstante, en 2012 la Unidad de Consolidación Territorial se puso en cabeza del programa y los parámetros de seguridad aumentaron, hasta tal punto, que pasamos de tener 43 heridos en 2011 a 26 en 2012, 10 en 2013, cero en 2014, cero en 2015 y cero este año. Así mismo, hemos tenido seis fatalidades por minas desde que entramos a operar, cero en los tres últimos años”.

Según este programa, desde 2007, a través de la empresa Empleamos S. A., los erradicadores tienen contratos laborales por 60 días con todas las prestaciones, así como un seguro de vida por muerte o accidente. En el último caso reciben su sueldo completo (902.000 pesos en promedio) durante la rehabilitación, y la aseguradora de riesgos laborales los acompaña hasta que encuentren trabajo de nuevo o sean pensionados por invalidez.

Acabar con la erradicación hecha por civiles eliminaría los 2.339 empleos que este año ha generado este oficio, y grandes cantidades de dinero dejarían de entrar a los sitios de origen de estos campesinos. En Popayán, por ejemplo, por cada fase asisten 210 campesinos que traen de vuelta a su municipio 740 millones. El porcentaje de fatalidades y heridos en los diez años del programa es menor al 1 por ciento, una cifra muy pequeña comparada con otros oficios de riesgo como la construcción o la minería con un 11 por ciento de accidentalidad al año. La mayoría de erradicadores llevan 10, 12 y 14 fases completadas, lo cual indicaría que de ser tan alto el riesgo habrían desertado antes.

No obstante, aquellos que han contando con la mala fortuna de caer en minas o en un fuego cruzado dicen que aunque la ayuda llega, llega tarde, y el que los heridos y muertos sean menos del 1 por ciento del total (108.000 hombres), no aminora su tragedia.

De 2014 a 2015, Colombia pasó de tener 69.000 hectáreas de coca cultivadas a 96.000 y este año el PCI aspira a erradicar 6.000 hectáreas. En ese contexto, ¿vale la pena llevar civiles a zonas de conflicto y con sospecha de minas? Por el riesgo que implican los territorios cocaleros, ¿no debiera ser el Ejército el único erradicador? A la pregunta, Jairo Cabrera respondió: “El DIH lo que rige es el conflicto y los erradicadores jamás entrarían al área cuando haya una confrontación. Si los civiles dejaran de hacer este oficio miles de campesinos perderán su empleo”.

Si bien hay argumentos de lado y lado y evidentemente los riesgos se han minimizado, es claro que en sus primeros años esta estrategia tuvo efectos nefastos. El drama de los erradicadores que pisaron minas siempre será una tragedia, así como llevar civiles a zonas de conflicto no dejará de levantar polémica.

EN FOTO: Aunque los erradicadores van a los cultivos ilícitos acompañados de la fuerza pública, carecen de medidas de seguridad propicias para entrar en zonas con sospecha de minas.

Foto: León Darío Peláez

Entre los cultivos de coca había minas

Entre los cultivos de coca había minas

Cerca de 1.000 hombres de Manzanares, Caldas, han formado parte del programa de erradicación manual de cultivos ilícitos. Al menos una decena de ellos murieron en esta labor al pisar una mina antipersonal. Muchos otros resultaron heridos.

VER VIDEO
COMPARTIR

Los perros lo salvaron

Guardián y Kaiser II son los perros de su hermano que ahora viven en la finca de Guillermo.

Foto: Daniel Reina Romero
Eudora Morales

Los perros lo salvaron

COMPARTIR

Guillermo Murcia no duda un segundo que dos perros le salvaron la vida; uno el día antes de su accidente y otro cuando explotó la mina.

La noche del 28 de noviembre de 2005, en el área de rural de Fortul (Arauca), Guillermo Murcia, de 22 años, descansaba en su casa con su familia. De pronto, la balacera comenzó. Las Farc y el Ejército combatían a solo 200 metros del lugar y las granadas y demás municiones sin explotar caían sobre su predio. El estruendo lo asustó tanto que decidió irse con los suyos a la casa de su hermano en el caserío más cercano.

Con el niño en brazos su novia corría junto a él mientras Kaiser, el perro que Guillermo adoraba, cuidaba sus pasos. De pronto algo explotó y Kaiser chilló. Vio que cayó sin vida. Una mina lo había matado y Guillermo, conmocionado, siguió la marcha huyendo de un posible encuentro con la guerrilla. Cuando llegaron al caserío, su hermano le prohibió regresar a la finca pero a las 4 y 40 de la mañana, este ya estaba listo para volver. “Necesitaba saber cómo había quedado la casa y revisar si las vacas todavía estaban”, cuenta.

Esta vez Guillermo regresaba por la trocha acompañado de otro guardián: Peligro, el perro de su hermano y a su vez hermano de Kaiser. Al llegar a la finca, encontró el carro de su padre estacionado al lado de la casa - “me pareció muy raro porque mi papá vivía a una hora de camino y eran las 5:40 de la mañana”- y mientras se adentraba en el potrero con Peligro para arrear las vacas, una explosión lo levantó del piso varios metros hacia atrás.

Peligro había pisado una mina que seguramente la guerrilla había instalado después del enfrentamiento, esperando que en los próximos días algún miembro de la fuerza pública cayera. Guillermo, consciente y con sus extremidades completas, fue evacuado en el carro de su padre y transportado de urgencia a Fortul. De ahí, por la gravedad de sus heridas, pasó a Saravena y finalmente llegó a Bucaramanga, donde comenzó su rehabilitación.

La explosión le quitó la masa muscular de la pierna derecha desde la rodilla hasta los glúteos. Uno de sus brazos quedó sumamente afectado, su espalda, llena de laceraciones y varias costillas, rotas. El saldo: 18 cirugías reconstructivas y una huella imposible de borrar: “El daño psicológico no se lo quita nadie. Cuando voy por la carretera me da miedo salirme del borde o en los caminos me hago de último en la fila y, sin embargo, quedo intranquilo. Siempre estoy pensando que algo va a explotar”.

En Bucaramanga, se hospedó en el Hogar Jesús de Nazaret, una fundación con 20 años de experiencia en rehabilitación de sobrevivientes de minas. Allí, dos meses después, al reconstruir los hechos con su padre, descubrió cómo Kaiser y Peligro habían salvado su vida.

La noche del enfrentamiento armado, Kaiser llegó herido a la casa de Don Guillermo. “Tenía una pata rota, los ojos brotados, muchas heridas y la cola rota. Para mi papá eso fue como una señal de que algo malo me había pasado y por eso la madrugada siguiente se fue en el carro hasta mi casa. Si él no hubiera ido yo me habría desangrado porque no teníamos carro para transportarme”, cuenta Guillermo. Kaiser que desde entonces fue el héroe familiar junto a Peligro, se recuperó de las heridas y acompañó a los Murcia cuatro años más.

En Bucaramanga Guillermo dice haber entendido la dimensión de la problemática de las minas y dejó de preguntarse “¿por qué a mí?”. “Cuando llegué al Hogar me encontré con 81 sobrevivientes y muchos de ellos estaban en peor condición que yo, entonces eso, en medio de todo, me hizo sentir afortunado”. Sin embargo, el amor a su tierra lo llevó a cometer una locura.

Un año después del accidente y todavía en rehabilitación, halló la manera de volver a Fortul definitivamente y el lunes siguiente, de nuevo, el destino lo tocó. “Es tan charro que cuando volví a mi finca fui a mirar las vacas y oí una explosión muy cerca. A 200 metros, sobre la carretera, un vecino de 71 años había muerto instantáneamente por una mina. Entré en shock y esa misma tarde le pedí a mi familia que recogiera mis cosas porque no iba a vivir un día más ahí”.

Bucaramanga fue de nuevo su casa y en el Hogar Jesús de Nazaret encontró los dos oficios a los que hoy se dedica. Recibió un curso de servicio técnico para celular y fue contactado por la Campaña Colombiana contra Minas para ser coordinador regional de su departamento. “Querían que me capacitara en educación en riesgo de minas y que multiplicara ese conocimiento en Arauca para evitar que más paisanos murieran”.

Coordina todas las capacitaciones en educación en riesgo que la Campaña dicta en las veredas de Arauca y especialmente en las escuelas. Le cuenta a la población cuál es la problemática, cómo son las minas, dónde se pueden encontrar y qué hacer en caso de entrar en un campo minado. Paralelamente acompaña a las víctimas en sus procesos de rehabilitación y su tarea más titánica es localizar a las 662 que hay en su departamento, registro que hasta el momento no alcanza los 200 casos. Visitó la Mesa de Negociaciones en La Habana con 59 otras víctimas de las Farc y llevó una elaborada propuesta de la campaña para desminar 57 áreas con alta sospecha de minas.

Los sobrevivientes que asesora le dan mayor alegría cuando logran una reparación o una pensión. Hace unos días, uno de ellos lo llamó a contarle que había conseguido la pensión por invalidez y él dice haber saltado en una pata. “Conseguir una pensión es casi imposible, en Arauca solo cinco sobrevivientes la han conseguido. Eso y capacitar niños es lo más gratificante porque es salvar a las nuevas generaciones y a aquellas que necesitan vivir dignamente después de lo que les pasó”.

EN FOTO: Guardián y Kaiser II son los perros de su hermano que ahora viven en la finca de Guillermo.

Foto: Daniel Reina Romero

Sus tierras son un campo minado

Albeiro Amaya tiene 30 años. Perdió la vista cuando pisó una mina antipersonal.

Foto: Carlos Julio Martínez
Eudora Morales

Sus tierras son un campo minado

COMPARTIR

Albeiro Amaya Ardila fue desplazado de una vereda de Norte de Santander por los paramilitares. Siete meses más tarde, cuando el grupo armado abandonó el terreno, la guerrilla como represalia instaló minas en los lugares usurpados. Amaya cayó en una.

En 1999 empezaron a llegar a Teorama, Norte de Santander, los primeros rumores de que los paramilitares se iban a tomar el departamento poco a poco. Albeiro Amaya Ardila, que vivía en la vereda La Fría –un caserío aislado a seis horas de camino en carro y a caballo del casco urbano– pensó que la amenaza no era para ellos. Pero sí.

“En febrero de 2002 aparecieron. Entraron a las casas a llevarse lo que había, se comieron los animales, y cogieron a los campesinos para que les cargaran el agua y la comida hasta la montaña”. Luego les ordenaron a todos abandonar las fincas. Las cien personas que habitaban la vereda –calcula Amaya– se desplazaron. Ese era apenas el comienzo de la tragedia de Amaya, quien se convertiría en víctima de una mina antipersonal, producto de la guerra que apenas comenzaba entre la guerrilla y los paramilitares en esas lejanas tierras de Norte de Santander.

“El ganado y todo lo que teníamos se quedó en la finca”, dice Amaya. Luego cuenta que él, sus papás y sus cinco hermanos se fueron a Cúcuta y allá estuvieron cuatro meses padeciendo por la pobreza y la nostalgia. Siete meses más tarde a esa ciudad llegó la noticia de que la tranquilidad había retornado a La Fría. “Nos dijeron que los paramilitares se habían tenido que retirar porque habían tenido muchas bajas en combates con la guerrilla”.

Albeiro –quien tenía 16 años– y su hermano fueron los primeros en regresar a la vereda después de la noticia. La encontraron en ruinas. Las casas estaban sin puertas. La ropa quemadas. Los cultivos de café destruidos. Y en el patio de su casa hallaron municiones y piezas de minas antipersonal abandonadas. “Comenzamos a trabajar en la finca, a limpiar los cultivos, a empezar de nuevo prácticamente”.

Para diciembre de ese 2002 –siete meses más tarde–, ya la mitad de los pobladores de La Fría había retornado. La calma parecía haber vuelto hasta un día en que el agua no llegó a la casa de Albeiro y él, junto a un amigo, quiso ir hasta la montaña a reconectar la manguera. Habían caminado solo unos 200 metros cuando Albeiro activó la mina. La guerrilla había instalado explosivos por los sitios que habían sido usurpados por los ‘paras’, y la población apenas empezaba a descubrirlo.

“Quedé como aturdido –cuenta Albeiro–. Sabía que las minas afectaban las piernas, entonces cuando reaccioné moví los pies para ver si todavía los tenía. Ahí estaban pero sentía un dolor muy fuerte en el derecho”. Había perdido el dedo pulgar y el resto estaba fracturado. “También sentía mucho ardor en la cara, no podía abrir los ojos pero pensé que era por la hinchazón”.

Nunca pudo volver a abrir los ojos. La explosión lo dejó ciego. Se recuperó en tres largos años en Bogotá. Y ahí sigue. Hasta hace dos meses trabajó como masajista –oficio que aprendió en el SENA– en una Institución Prestadora de Salud pero renunció porque le debían ocho meses de sueldo y ya no tenía para el transporte. Ahora vive del apoyo de su familia y de algunos mercados que le da la Alcaldía. Espera con ansia que por estos días lo llamen de alguno de los lugares a los que ha pasado su hoja de vida.

EN FOTO: Albeiro Amaya tiene 30 años. Perdió la vista cuando pisó una mina antipersonal.

Foto: Carlos Julio Martínez

"Que no se repita"

"Que no se repita"

Luz Dary Landázuri estaba viajando desde Tumaco hacia Pasto, con su bebé de brazos, cuando el carro en el que iba activó una mina. Hoy trabaja educando a campesinos en prevención de este tipo de artefactos explosivos.

VER VIDEO
COMPARTIR

Entre pesas y glorias

Competir con su prótesis del América de Cali es el sueño frustrado de Fabio. Desde que tuvo el accidente el diablo rojo ha estado grabado en su pierna.

Foto: David Amado
Eudora Morales

Entre pesas y glorias

COMPARTIR

A muchos sobrevivientes de minas el deporte les ha demostrado que después del accidente sí hay vida. Para este medallista paralímpico además de vida hubo gloria.

En medio de la espesa vegetación del Catatumbo, el 16 de octubre de 2008, Fabio Torres, sargento segundo del Ejército, alistaba el terreno para acampar. No sabe en qué momento, mientras registraba la maraña, pisó una mina. El ruido ensordecedor es lo único que recuerda de la fuerte explosión que lo empujó varios metros atrás. Cuando reaccionó, intentó pararse pero su pierna izquierda ya no estaba y la derecha se veía muy mal. El dolor, cuenta él, era indescriptible: “Imagínese si el solo dolor fue así, lo que es sentirlo y, además, saber que su pierna ya no está”.

Llegó a Cúcuta de urgencia y lo operaron de inmediato. Los médicos pudieron reconstruir su pierna derecha, que tenía fractura de tibia y peroné, pero la izquierda no existía.

Para ese momento, Fabio vio malgastados los 12 años que había dedicado al Ejército. Sintió ira y dice haber perdido el espíritu. Su cuerpo había sido siempre su medio de trabajo y la vida militar su mayor pasión, pero ahora no encontraba espacio en esa institución. Veía la baja cada vez más cerca y la pensión por invalidez como el paso a seguir.

Sin embargo, cuando regresó a Bogotá, en el Batallón de Sanidad del Ejército algo llamó su atención. “Me mostraron el gimnasio y apenas vi las pesas me emocioné. Decidí que si ya había estado cerca a la muerte y no me había arriesgado a intentarlo, por qué ahora no. Al fin y al cabo había forma de alzarlas sin la pierna”.

No pasó ni un año completo para que Fabio comenzara a entrenar en esa disciplina. Comenzó con cargas livianas y al poco tiempo alcanzó los 97 kilos. Su espíritu de guerrero, cuenta él, crecía proporcionalmente al peso que levantaba.

“Cuando caí en la mina pensé que había perdido el espíritu pero en el deporte lo volví a encontrar. Encontré una puerta muy hermosa que se me abrió”. La desesperanza dejó de hacer parte de su vida, y el anhelo de servir a la patria en el campo de batalla cambió por el de ofrecerle triunfos en los podios del deporte.

Comenzó a competir profesionalmente en 2009 y desde entonces todo ha sido gloria. Pertenece al equipo paralímpico colombiano de powerlifting y ha viajado por el mundo dejando en alto la imagen del país; Brasil, Chile, Dubái y México han presenciado sus triunfos. En Toronto, su más reciente parada, ganó medalla de plata en los Juegos Parapanamericanos, y así como el dolor que sintió al pisar la mina, la emoción del momento fue indescriptible: “Fue algo enorme porque un deportista anhela en su carrera por encima de todo las medallas y ganarla en nombre de un país es increíble”.

En competencia, Fabio levanta 205 kilogramos pero se está preparando para aumentar la exigencia. Es noveno a nivel mundial en su categoría –powerlifting de 97 kilogramos– y participó en los paralímpicos de Río 2016. Tuvo una de sus mayores satisfacciones en el extranjero cuando uno de sus rivales le dijo con admiración que más que un héroe de guerra es un héroe de patria.

EN FOTO: Competir con su prótesis del América de Cali es el sueño frustrado de Fabio. Desde que tuvo el accidente el diablo rojo ha estado grabado en su pierna.

Foto: David Amado

Cayó en una trampa mortal

Cayó en una trampa mortal

COMPARTIR

El reclutamiento de menores afecta a cientos de niños en el país. A la corta edad de 15 años, una exguerrillera de las Farc pisó una mina instalada para ella. Hoy ve con otros ojos la vida.

Luz Aidé Jiménez, una joven antioqueña, a los 11 años se fue de la casa de sus padres para vivir a la finca de su hermana mayor porque, en un ataque de rabia, su mamá casi la mata a golpes. Dos meses después se marchó con los guerrilleros que periódicamente merodeaban la vereda donde vivía porque en varias oportunidades su cuñado intentó abusar de ella. “El mantenía sacándome la comida en cara. Me decía que si no me acostaba con él me iba a mandar de vuelta con mi mamá”, cuenta. Los guerrilleros le habían dicho que la iban a proteger, que no iba a aguantar hambre, que podría estudiar, y que nadie abusaría de ella.

Pero solo unos días con la guerrilla le bastaron para darse cuenta de que ninguna de esas promesas se cumpliría; lo que le esperaba era un verdadero martirio. Los guerrilleros la equiparon y la mandaron monte adentro donde, en compañía de otros menores, trabajaba en oficios de rancho, guardia e incluso abriendo trincheras. Intentó escaparse sin éxito en varias oportunidades y por su conducta rebelde la castigaban con trabajos cada vez más pesados. Recién cumplidos sus 15, fue trasladada a otro frente en el sur de Bolívar. Allí un hombre mayor que era comandante del frente, empezó a acosarla prometiéndole beneficios si accedía a sus pretensiones.

Ante la negativa de Luz, el comandante la envió a trabajar con un grupo de seis guerrilleros que emboscaría a una patrulla del Ejército. Tras varios días en el monte, una madrugada el "mando" la envió a recoger agua de una cañada por un camino estrecho. En ese momento los demás guerrilleros observaron con extrañeza la orden, como si algo andara mal. Cuando ya regresaba cargando una caneca de 20 litros, Luz cayó en una mina que cree el “mando” instaló para ella, pues luego de la explosión nadie vino en su ayuda y todos los guerrilleros se fueron. Ocho horas después, ya decidida a dejarse morir, soldados del Ejército la rescataron. No obstante, su pierna derecha tuvo que ser amputada.

Desde entonces ingresó al programa de reintegración del gobierno y su vida ha dado un giro de 180 grados. Luz, quien había estudiado hasta segundo de primaria antes de entrar a la guerrilla, hoy en día es bachiller. Afirma que por fin pudo cumplir su sueño de infancia: “Yo siempre quise estudiar pero mi mamá no quería. A mis hermanas sí les daba estudio pero a mí solo me ponía a cocinar. Una vez por ponerme a jugar con mis muñecas se me quemó la comida y casi me mata entonces desde ahí dejé de jugar”.

Ahora estudia estética en el Sena, se enamoró de un policía y quiere montar una peluquería. Hace un año se convirtió en madre y no duda ni un segundo en afirmar que esta experiencia le hizo ver muchas cosas: “A veces lo hijos cometen errores por culpa de los padres. Yo jamás haría lo que mi mamá hizo conmigo. No entiendo cómo lo hizo. Yo le daré lo mejor a mi hijita y lucharé para que estudie porque lo que a mí me pasó fue una consecuencia del maltrato tan horrible que sufrí”.

EN FOTO: A los 15 años Luz pisó la mina. Ahora, a sus 25, es mamá y su mayor anhelo es evitar que su hija sufra lo que a ella le pasó.

Foto: Juan Carlos Sierra

A los 15 años Luz pisó la mina. Ahora, a sus 25, es mamá y su mayor anhelo es evitar que su hija sufra lo que a ella le pasó.

Foto: Juan Carlos Sierra
Eudora Morales

"Las cosas pasan por algo"

“El ciclismo fue lo que me impulsó a seguir viviendo y a querer llegar más alto”: Edwin Matiz.

Foto: David Amado
Eudora Morales

"Las cosas pasan por algo"

COMPARTIR

A diferencia de otras víctimas de minas antipersonal este joven casi que agradece haber vivido el accidente.

Edwin Matiz siempre se ofrecía a hacer los mandados para poder montar en bicicleta. Tenía 12 años cuando iba a comprar algo y vio una cosa brillante que podría servirle para un proyecto de ciencias, así que se la llevó.

Llegó a su casa, en Quípama, Boyacá, sacó el artefacto, tomó un alambre para ver qué tenía dentro y al introducirlo la mina estalló destrozando su mano izquierda.

Él y sus padres salieron a la carretera para encontrar a alguien que los llevara al hospital. No pasaba nadie, así que su padre fue a pedir un carro prestado. Entre tanto, dos hombres en una moto lo vieron y le ofrecieron llevarlo a un centro de salud.

Unos 40 minutos después llegaron al hospital donde les informaron que no había luz y que no podían atenderlo porque era un centro de salud pequeño; así tuvieron que trasladarse durante seis horas hasta el hospital de Tunja. Allí, a Edwin le amputaron la mano izquierda, le atendieron el trauma en la cara y las quemaduras en todo el cuerpo.

“En ese entonces yo quería prestar el servicio militar y seguir una carrera profesional, pero cuando me quitaron la mano supe que ya no era posible. Pensé que ya no serviría para nada”, recuerda.

Su hermano, vendedor ambulante en Corabastos, en Bogotá, se hizo cargo de él y pidió ayuda a Médicos Sin Fronteras, una organización médico-humanitaria internacional que asiste a poblaciones en situaciones precarias, a víctimas de desastres naturales o a víctimas del conflicto armado. Edwin también se conectó con la fundación United For Colombia (UFC) y ellos se encargaron de la rehabilitación y de darle una prótesis.

Volvió a estudiar después de un año: “Muchos niños me molestaban, me decían el mocho o cosas por el estilo, pero como tenía varios amigos no me daba tan duro y con el pasar del tiempo ya no me importaba lo que me dijeran”.

Luego, en la UFC entró a un coro para niños con discapacidad y cantaba en varios lugares. En una presentación en un club alguien le preguntó si quería practicar algún deporte y él escogió ciclismo.

Al principio no montaba profesionalmente porque estaba terminando el bachillerato y no tenía mucho tiempo, “pero al salir del colegio en 2009 –dice Edwin– mi entrenador habló con mi hermano y le dijo que tenía potencial, que suspendiera mis estudios por un tiempo y desde entonces los llevo suspendidos”.

Ahora Edwin tiene 23 años, es ciclista profesional y ha participado en mundiales de ruta y de pista. Ha sido medallista de los Juegos Parapanamericanos en Toronto, Canadá, donde obtuvo una medalla de plata y una de bronce; ya está de tercero en el ranking mundial de pista y su sueño es llegar a ser campeón mundial. Acaba de llevarse una medalla de bronce en los paralímpicos de Río 2016.

“Todas las cosas pasan por algo, quizás si el accidente no hubiera sucedido no habría tenido las oportunidades que tuve”, dice sonriendo.

EN FOTO: “El ciclismo fue lo que me impulsó a seguir viviendo y a querer llegar más alto”: Edwin Matiz.

Foto: David Amado

La dama de hierro

La dama de hierro

COMPARTIR

La fundadora del Hogar Jesús de Nazaret ha dedicado 21 años a los heridos por minas. Casi 1.000 sobrevivientes le deben su rehabilitación.

A raíz de la muerte de su hermano de 18 años en un fuego cruzado entre el Ejército y la guerrilla, Yolanda González, una bumanguesa dedicada a diseñar y confeccionar calzado, comenzó a familiarizarse con las víctimas del conflicto. Durante una visita al hospital universitario de la ciudad se percató del amplio número de heridos por minas antipersonal que había. “En las salas de recuperación pululaban los hombres y mujeres afectados por estos artefactos, en su mayoría provenientes del Magdalena Medio. Lo que más me impresionó fueron los niños sin piernas, brazos, sordos o ciegos.”, cuenta.

Ese día se conmovió profundamente con el caso de un niño de 8 años que había perdido una mano en San Pablo, sur de Bolívar. “Cuando lo vi tenía lágrimas en sus ojos y apenas me vio le dijo a la mamá: ¿con esa señora nos vamos a ir? Eso me partió el alma”. Desde entonces comenzó a llevarles comida y medicamentos a los heridos por minas del hospital y finalmente acabó por alojarlos en su modesta casa de tres habitaciones y un baño en un barrio popular de Bucaramanga.

Al mes de haber comenzado a hospedarlos ya tenía 18 sobrevivientes a su cargo y aunque ella, su esposo y sus dos hijos se acomodaron a la estrechez a cambio de la gratificación que sentían de ayudar a las víctimas del conflicto, la cantidad de sobrevivientes hospedados superó la capacidad económica familiar, por lo que la comunidad entró a ayudar. Todas las semanas los campesinos de la plaza le entregaban parte de sus alimentos a Yolanda y los vecinos contribuían con mano de obra o dinero.

Alternando sus oficios de diseñadora de calzado y guarneciere con el altruismo, cada vez que era necesario Yolanda llevaba a sus huéspedes a sus respectivas terapias físicas y chequeos. A falta de una silla de ruedas añadió cuatro rodachines a las patas de un viejo taburete y así los transportaba en el hospital. Para poder ampliar las ayudas y formalizarlas, el 11 de noviembre de 1995 creó la Fundación Hogar Jesús de Nazaret y trasladó los sobrevivientes de minas a una casa más espaciosa en la que alcanzó a vivir con 60 personas.

El año pasado el hogar cumplió 20 años. Allí han atendido a casi mil sobrevivientes de minas que van desde los 4 a los 60 años. Además del servicio de hospedaje y alimentación, Yolanda y su equipo de trabajo les proveen atención psicológica, rehabilitación física y capacitación en oficios varios, porque, según ella, “para un herido por minas no hay nada más importante que sentirse útil”. Su compromiso es tal que ahora atiende niños en riesgo de reclutamiento forzoso y otro tipo de víctimas del conflicto.

Ayudar es su mayor satisfacción y a la pregunta de cuál es su mayor sueño responde con una amplia sonrisa: “Cuando un sobreviviente de minas tome las riendas del hogar podré morir tranquila. De lo contrario, no, porque si esto lo hace uno que ha sufrido otro tipo de violencia y sale bien, cómo saldrá cuando lo haga una víctima de este flagelo”.

EN FOTO: Todos los niños heridos por minas que han pasado por su hogar llaman a Yolanda ‘tía’

Foto: Ernesto Navarro

Todos los niños heridos por minas que han pasado por su hogar llaman a Yolanda ‘tía’.

Foto: Ernesto Navarro
Eudora Morales

“El David” mutilado

“El David” mutilado

En 2005 el artista Miguel Ángel Rojas expuso una de sus obras de mayor impacto: David, una fotografía de un joven amputado, que emulaba la icónica escultura del Renacimiento que lleva el mismo nombre. Quien la encarna es José Antonio Ramos, víctima de una mina durante un operativo militar.

VER VIDEO
COMPARTIR

“Fue mi culpa, fue mi culpa”

“Fue mi culpa, fue mi culpa”

COMPARTIR

En septiembre el Centro Nacional de Memoria Histórica lanzó ‘Esa mina llevaba mi nombre’, un libro de crónicas escritas por la periodista Diana Durán que cuenta la historia de diez militares víctimas de minas. Este es un fragmento de una de ellas.

F ue a las once y treinta de la mañana del primero de mayo de 2008. Tenía veinticuatro años. El día anterior, un compañero había pisado una mina al atravesar un puente sobre un río caudaloso, que quedó destruido.

Mi accidente fue en la vereda la Cristalina, en Puerto Rico, Caquetá. Hacía frío. Después de unos combates hacíamos registros y vi a un guerrillero. Mis compañeros y yo nos fuimos a perseguirlo y resultamos en una trocha de paso obligado. Iba con toda mi escuadra, éramos doce. Vi unos pedazos de papel higiénico. ¡Guerrilleros cochinos!, pensé. El papel era una guía para ellos, siempre usan cualquier cosa para marcar las zonas minadas: que una rama, que un palo.

Ese día no se me cruzó por la mente. Vi a un guerrillero muerto, me fui a quitarle el fusil y ahí pisé la mina. Era una de esas que llaman tipo candonga o araña, se pisa una y se activan todas. Y yo, el puntero de una escuadra de doce, fui quien las activó.

Con la explosión, la tierra tembló. Solo dos sobrevivimos. Fue una carnicería brava. Yo tenía veinticuatro años. Herido, me pusieron al lado de un tipo al que le preguntaba ¡¿qué pasó, qué pasó?! Hasta que alguien se dio cuenta y dijo: —Uy, a este lo pusieron al lado de un finado. Era culpa mía, era culpa mía.

Los pelotones aseguraron el área para que no pudiera llegar la guerrilla a rematarnos, como suele hacerlo. No me dolió sino hasta que vi el huesito de mi pierna derecha, ¡eso era un ardor! Los enfermeros nos hicieron un torniquete para que no nos desangráramos, nos canalizaron y nos dieron alguna droga que a mí medio me calmó. Era culpa mía, era culpa mía.

Los compañeros me buscaban conversa para que no me quedara dormido. Hubo más combates, pero no hubo más soldados ni guerrilleros heridos. Como los guerrilleros le disparaban al helicóptero y había mal clima, se demoró más de quince horas en aterrizar. Fue culpa mía, fue culpa mía.

Al primero que le avisé fue a mi hermano menor. Le conté un día después, desde la Clínica Mediláser de Florencia, donde me hicieron la primera intervención. No me creyó. Luego le conté a mi mamá y así como no me creyó al contarle que era soldado profesional, tampoco me creyó con lo del accidente. A ella hay que saberle decir las cosas porque sufre de la presión.

—Mijo, ¿qué tenés? Tu voz me dice que te ocurre algo.

—Mamá, pues que pisé una mina y perdí el pie derecho. Le dije que no se preocupara, que me iban a sacar a Bogotá y que la iba a llamar un amigo para que pudiera contactarme. La llamó mi amigo y por fin creyó. Fue muy valiente, le veía la cara de sufrimiento pero no soltaba una lágrima en frente mío.

En cambio, salía, cogía el ascensor y se ahogaba en llanto.

Lo más duro fue cuando le notificaron que de pronto no resistía la segunda operación porque estaba demasiado débil y flaco. Lo otro era el dolor. El dolor después de pisar una mina... No sé cómo explicarlo. Me daban una cosa y la otra, pero seguía. Era peor si alguien me golpeaba, o si me tropezaba con algo. De verdad no sé cómo explicarlo, simplemente sé que le vienen las lágrimas a cualquiera.

Lo peor fueron los primeros tres meses. Ya después va cerrando la herida. Y luego: el miembro fantasma. Me hacía retorcer, sentía como si tuviera los dedos entumidos y yo desesperado porque no sabía dónde tocarme. Me dolía el pie que había perdido. A veces picaba pero, ¿dónde me iba a rascar? Sentía ampollas, de esas que queman. ¡Era insoportable! La primera operación fue para evitar infecciones y limpiar la herida. La segunda me la hicieron ya en Bogotá para remodelar el muñón, que quedó por debajo de la rodilla. Ésa fue la más dura. Me desperté y me dolía más que haber pisado la mina. Gemía a gritos en el cuarto casi toda la noche, me quejaba, me volteaba. Me tenían que poner algo en el suero para quedarme dormido.

Ahí entendí al compañero con quien compartía cuarto: veníamos del mismo batallón, del mismo eje de avance, de la misma operación. Él, de apellido Cossio, cayó el 29 de abril de 2008; yo, dos días después. Él a las diez de la mañana, yo a las once. Como a los quince días cayó otro de nuestra misma unidad y perdió ambos pies. De mi unidad, los otros que cayeron murieron allá mismo. Entonces éramos los tres para arriba y para abajo. Aunque del dolor no había consuelo.

En el Batallón de Sanidad de Bogotá mi familia me fue a visitar una semana y ya, por cuestiones económicas. De resto, el apoyo fue telefónico. Como podían, mantenían pendientes. Mi novia tampoco pudo ir, ella trabaja en la cafetería de un colegio. En esos primeros tres meses tuve que soportar el dolor, ir a terapias y, fuera de eso, ¡lavar mi propia ropa! Era como para irse independizando, pero ya no, ahora les tienen lavadora y los consienten. Salen como más haraganes. Lo bueno fue que nos dieron silla de ruedas y en esa silla nos defendíamos.

Sabía que estaba mocho porque andaba en silla de ruedas y en muletas y aunque el resto de la adaptación estuvo bien, seguía un dolor bravo. Hice un curso de sistemas que no me ha servido de mucho pero, pues, no sabía ni prender un computador. Fue básico: no pasé al nivel avanzado porque antes me llegó la baja.

*Encuentre el libro completo en: www.centrodememoriahistorica.gov.co.

EN FOTO: En Colombia 7.025 miembros de la fuerza pública han caído en minas.

Foto: AP/Fernando Vergara

En Colombia 7.025 miembros de la fuerza pública han caído en minas.

Foto: AP/Fernando Vergara
Eudora Morales

Cayó persiguiendo a la guerrilla

Cayó persiguiendo a la guerrilla

COMPARTIR

Jonathan Morales asegura que haber perdido una parte de su pierna izquierda le activó ese ‘chip’ de vivir al máximo y aprovechar cada día.

Este bogotano de 32 años, nacido el 5 de marzo de 1984, ingresó a la Policía Nacional a los 20. Primero hizo parte de un grupo contraguerrilla que operaba en cercanías a Cajamarca, Tolima; más adelante fue integrante de un Grupo Especial de la Sijin durante 12 meses y, en los últimos cuatro años de su carrera fue patrullero del Grupo Especial ‘Grate’, de la Policía Nacional.

El 12 de marzo de 2013, cuando participaba en un operativo para capturar a dos cabecillas de un brazo guerrillero, en el corregimiento de Lejanías, Meta, vivió una experiencia que cambió para siempre su vida. Cuando estaba a 700 metros del lugar en donde se escondían los perseguidos pisó un artefacto improvisado que le arrancó una parte de su pierna izquierda.

Jonathan fue la única víctima de su grupo. Los paramédicos atendieron el incidente, ocurrido a las siete de la mañana, y el operativo policial fue suspendido de inmediato. Debido a las condiciones geográficas y meteorológicas, la llegada del helicóptero que lo trasladaría al hospital se retrasó hasta las cuatro de la tarde. Un año después del accidente, el Estado le entregó una prótesis y para aprender a manejarla y a vivir con ella tuvo que pasar por un proceso de rehabilitación que duró aproximadamente un año.

Hoy, estudia psicología en la Fundación Universitaria del Área Andina y asegura que “uno mismo se pone los límites, y si uno se enfrasca en esa situación, nunca sale de allí”. Su sueño es ayudar a aquellas personas que hayan tenido que pasar por este flagelo para que, al igual que él, vean en esta vivencia una forma de crecer y fortalecerse como seres humanos.

Actualmente está en proceso de obtener una pensión estatal por incapacidad del 90 por ciento, ya ha presentado los exámenes y está a la espera de su aprobación. Asegura que a pesar de haber recibido la prótesis, y estar a punto de obtener su jubilación, su institución lo ha olvidado, pues las autoridades se han limitado a seguir las normas: no siente que haya habido un acompañamiento real.

EN FOTO: Además de la psicología, las otras pasiones de Jonathan son el dibujo y el gimnasio.

Foto: Ana Vallejo

Además de la psicología, las otras pasiones de Jonathan son el dibujo y el gimnasio.

Foto: Ana Vallejo
Eudora Morales

El médico de los sobrevivientes

Hernando José Mora González lleva más de una década familiarizado con el drama de las víctimas de minas.

Foto: Daniel Reina Romero
Eudora Morales

El médico de los sobrevivientes

COMPARTIR

Quería ser cura, pero prefirió ayudar a las víctimas.

Después de un año en un seminario, Hernando José Mora González –médico cirujano; máster en paz, desarrollo y resolución de conflictos– renunció a la idea de ser cura, que había alimentado desde niño. Los desencuentros que empezó a tener con el catolicismo eran más fuertes que su deseo de “servir” desde la Iglesia a los más pobres y olvidados. Entonces renunció y se hizo médico “porque era lo más cercano al sacerdocio”.

Desde la medicina siguió empeñado en atender a las poblaciones vulnerables: primero trabajó con adultos mayores, luego con habitantes de calle y, finalmente, con personas con discapacidades físicas.

Fue secretario de salud de Cúcuta (en 2000) y luego (en 2002) se convirtió en gerente del Centro de Rehabilitación Cardioneuromuscular de Norte de Santander. Ahí estuvo una década y se apropió del drama de las víctimas de minas antipersonal. Las historias de campesinos que no tenían recursos para viajar a Bogotá a recibir un tratamiento lo motivaron a crear un taller de prótesis y un protocolo de rehabilitación e inclusión sociolaboral. En 2009, en la Convención Mundial de Ottawa realizada en Cartagena, que reunió a 159 países, su propuesta representó a Colombia.

EN FOTO: Hernando José Mora González lleva más de una década familiarizado con el drama de las víctimas de minas.

Foto: Daniel Reina Romero

El caso insólito de los Ceballos

El caso insólito de los Ceballos

COMPARTIR

La familia Ceballos entró en un campo minado y tres de sus miembros resultaron heridos. Entre ellos una bebé de solo 45 días de nacida.

A las tres de la tarde del miércoles 23 de marzo de 2005, mientras se desplazaban entre las veredas de San Pedro y Chumurro, en el municipio de San Francisco, Antioquia, los ocho integrantes de la familia Ceballos entraron en un campo minado. Horas antes habían partido con rumbo al vecino pueblo de San Luis, donde esperaban llegar el viernes para bautizar el sábado santo a Luisa, la menor de la familia, que tenía 45 días de nacida. Su abuelo Manuel José, quien encabezaba el grupo, activó la primera de las dos minas que les cambiaron la vida.

Nancy, la mamá de Luisa, que para la época tenía 21 años, activó la segunda al retroceder dos pasos en medio del horror. Pocos segundos atrás acababa de recibir a la bebé de manos de su mamá. El impacto de la onda explosiva le quitó parte de su pierna derecha y dejó a Luisa gravemente herida. Su padre corrió con la misma suerte. Dos hermanos más, Claudio de 14 y Ricardo de 12, sufrieron heridas menores y María de Jesús, la mamá de los Ceballos, pese a haber estado a unos cuantos pasos de la segunda explosión, Salió ilesa. “Corrí con tanta suerte que me quedé como clavada en el piso, fue algo increíble”, cuenta.

No hubo más heridos a pesar de que más tarde el Ejército estableció que todos los miembros de la familia habían caminado sobre al menos cinco minas más sin detonarlas. En el lugar del accidente hallaron cinco más.

Para Manuel José y Nancy la rehabilitación fue muy difícil, mientras que Luisa logró recuperarse completamente. “Afortunadamente los niños tienen una capacidad de curación muy grande y para Luisa esto nunca ocurrió. Ella solo nos preguntó cuando tenía cinco años por qué su abuelo y yo éramos mochos”, dice Nancy.

Desde entonces, los Ceballos viven en San Luis, en parte por el miedo a las minas pero también porque retomar las labores del campo resulta imposible para sus dos miembros discapacitados. En agosto de 2015 San Francisco, su pueblo, fue declarado libre de sospecha de minas pero para ellos la huella es imborrable: “Yo por allá no vuelvo”, dice Manuel.

Luego de haberse visto obligados a dejar el campo, esta familia de sobrevivientes vive hoy del comercio de víveres. Nancy se casó y tiene otros dos hijos, un niño de cuatro y una niña de ocho años. Luisa, quizás la víctima más joven de las minas en Colombia, cursa cuarto de primaria y es una de las alumnas más destacadas de su clase.

EN FOTO: El 23 de marzo de 2005 ocho integrantes de la familia Ceballos entraron en un campo minado.

Foto: Juan Carlos Sierra

El 23 de marzo de 2005 ocho integrantes de la familia Ceballos entraron en un campo minado.

Foto: Juan Carlos Sierra
Eudora Morales

Sus peores vacaciones

La motivación diaria de Reinel es poder transmitir la voz de aquellas víctimas del conflicto que se encuentran en el olvido.

Foto: Juan Carlos Sierra
Eudora Morales

Sus peores vacaciones

COMPARTIR

Perdió parte de su pierna izquierda hace siete años. Hoy quiere ser senador de la República.

Reinel Barbosa nació el 1 de diciembre de 1985 en Mesetas, Meta, un municipio azotado por el conflicto armado. Por eso, recién graduado de bachiller en 2006, viajó a Bogotá para escapar ser reclutado por grupos al margen de la ley.

Empezó a trabajar en el taller de metalmecánica de su tío y todo marchaba a la perfección. Pero en la Semana Santa de 2008 regresó a visitar a su familia a La Uribe, Meta. El 22 de marzo mientras iba con tres personas más a visitar a un amigo de la infancia en la vereda El Diamante, su vida cambió.

Cuando caminaba hacia la casa de su amigo Reinel pisó una mina antipersonal muy bien camuflada entre el césped que le quitó la pierna izquierda.

Luego de permanecer por más de un mes en un hospital de Villavicencio, regresó a Bogotá, donde después de interponer tutelas y derechos de petición, logró obtener una prótesis y culminar el proceso de rehabilitación que duró 20 meses.

Para intentar rehacer su vida viajó a San Juan de Rioseco en Cundinamarca con el ánimo de trabajar la tierra. Sin embargo, la prótesis le dificultaba caminar por los pastizales. Si bien su movilidad era gracias a ella, no podía caminar mucho, pues esta le maltrataba el resto de la pierna luego de andar un buen tiempo.

Desde entonces Reinel ha tenido que abstenerse de correr, de estar de pie mucho tiempo y de practicar la mayoría de deportes. En vista de que el trabajo agrícola había quedado descartado, regresó a Bogotá y empezó el proceso para acceder a una pensión por discapacidad, pero la calificación de invalidez resultó menor al 50 por ciento y no pudo obtenerla.

Sin embargo, no se dio por vencido: decidió entrar a la Universidad Minuto de Dios a estudiar Tecnología en redes de computadores y seguridad informática pero desde 2010 hace lo que verdaderamente lo apasiona: trabajar en pro de las víctimas del conflicto armado en Colombia.

Hoy es coordinador de la Red Nacional de Sobrevivientes de minas antipersonal, munición sin explotar, artefactos explosivos improvisados y personas víctimas con discapacidad. Su día a día se le va en reuniones con líderes de víctimas de minas de otras regiones del país, con funcionarios de la Unidad de Víctimas, y en diseñar estrategias para que la atención brindada a los sobrevivientes de minas sea cada vez más integral.

Su máximo anhelo es ser senador de la República y así ayudar a los 8 millones de víctimas que hay en Colombia, “a través de legislaciones que velen por la seguridad de los menos favorecidos”.

EN FOTO: La motivación diaria de Reinel es poder transmitir la voz de aquellas víctimas del conflicto que se encuentran en el olvido.

Foto: Juan Carlos Sierra

Vio morir a uno de sus hombres

El sargento Martínez decidió desminar luego de haber visto a uno de sus compañeros caer en una mina.

Foto: Guillermo Torres
Eudora Morales

Vio morir a uno de sus hombres

COMPARTIR

El conflicto armado colombiano le dejó al sargento mayor Mario Mauricio Martínez la imagen más triste de su vida. Una mina antipersonal se llevó, para siempre, a uno de sus lanzas.

El sargento mayor Martínez pertenece a las fuerzas armadas hace 26 años. Empezó prestando servicio militar, tras cumplir con esa obligación se vinculó como voluntario y más tarde se convirtió en soldado de uno de los batallones de contraguerrilla. Fue nombrado suboficial y hoy se desempeña como sargento mayor de la AEDIM (Agrupación de explosivos y Desminado de la Infantería de Marina).

Sostuvo un arma por primera vez cuando era soldado raso y en una época en la que los combates con la guerrilla eran hombre contra hombre, pues no se utilizaban las minas antipersonal. Aunque sabía que la guerra implicaba sacrificios y ejercicios durísimos, lo que le tenía preparado el conflicto no afectó su cuerpo, sino su forma de ver la vida.

Uno de los retos más grandes en la carrera militar de Martínez fue el de comandar el batallón contraguerrilla número 33, que operaba en el departamento de Bolívar entre 2002 y 2004. Cierta noche -Martínez no recuerda cuál exactamente- sus mayores del ejército le anunciaron que, junto a sus hombres, debía ir a recoger víveres y suministros a una carretera cercana, ubicada entre los municipios de Carmen de Bolívar y Zambrano.

“Salimos a la mañana siguiente, con todos los soldados que tenía a cargo. Mientras realizamos una pausa en el recorrido para descansar y alimentarnos, escuchamos una explosión acompañada de llantos y gritos de dolor” recuerda el sargento Martínez. Se trataba del soldado Elkin Lara, quien se acercó a una de las fuentes de agua, sin sospechar que el lugar había sido cercado por las Farc con minas antipersonal.

El accidente se transformó en caos, y el caos anticipó la muerte de Lara. Los esfuerzos de Martínez, así como los de sus soldados por auxiliar al herido fueron insuficientes, y a pesar de que logró llegar con vida al hospital de Zambrano, los médicos no pudieron hacer otra cosa que lamentar la muerte del soldado.

Además de la profunda tristeza que le produjo el accidente de uno de sus hombres, al sargento Martínez lo invadieron la duda y el miedo. “Pensé en retirarme. No valía la pena seguir en una guerra donde parecía que estábamos peleando contra artefactos explosivos, y no contra guerrilleros”, sostiene.

Sin embargo, su impotencia se convirtió en valor, y entre 2004 y 2010 hizo parte del Batallón de Desminado del Ejército. Allí, con mayor preparación que en los tiempos de contraguerrilla, Martínez contribuyó a desactivar las minas instaladas por el Ejército alrededor de sus batallones, una de las exigencias del Tratado de Ottawa, al que se suscribió Colombia en 1997.

Tras su paso por el desminado y su amplio conocimiento en la materia, fue nombrado como sargento de la AEDIM (Agrupación de explosivos y Desminado de la Infantería de Marina), una dependencia creada en 2014. Desde allí, Martínez asesora y coordina tareas desminado, encaminadas a disminuir el riesgo de quienes limpian los territorios contaminados.

Quien lo ve caminar junto a sus hijos en cualquier centro comercial jamás sospecharía que este hombre ha sido testigo de los horrores de la guerra. Y no se le nota porque aunque la muerte de Lara lo tocó en lo personal, como personal se tomó su rol en la dura tarea de desminar, lo que le permitió hacer de un recuerdo desafortunado un motivo para trabajar por el país.

EN FOTO: El sargento Martínez decidió desminar luego de haber visto a uno de sus compañeros caer en una mina.

Foto: Guillermo Torres

"Fui de las primeras víctimas"

"Fui de las primeras víctimas"

Para Teresa Colón, una de las primeras víctimas documentadas por minas antipersonal en Colombia, no hay mejor plan que sentarse a escuchar rancheras y vallenatos. Así olvida, al menos por unos minutos, el día que le cambió la vida.

VER VIDEO
COMPARTIR





VICTIMARIOS

La mina antipersonal no solo marca a quien la pisa. En los victimarios también deja huella.


Memorias de guerra

Dos excombatientes, Yezid Arteta de las Farc y Carlos Arturo Velandia del ELN, testimonian el efecto de las minas en la guerra.

TOQUE EN LAS IMÁGENES PARA VER MÁS CONTENIDO

“La guerra es una sumatoria de heridas”

Eudora Morales

“La guerra es una sumatoria de heridas”

COMPARTIR

Por Yezid Arteta

Paraje rural de El Tambo. Departamento del Cauca. El enfermero estaba de rodillas junto al cuerpo del chico tendido sobre la yerba, y solo le bastó un vistazo para saber de la gravedad de las heridas. Se levantó, y dirigiendo la mirada hacía mí, simuló con el índice un corte en el cuello. No había nada que hacer: el chico moriría. “Le voy aplicar una inyección de morfina para que no sufra”, me susurró al oído. El chico había perdido completamente uno de sus brazos y un trozo de cadera. Parte de su humanidad había sido desintegrada por efecto del explosivo. Una hora después moriría.

La guerra es una sumatoria de heridas que pueden llevar a la muerte. Una bala, una esquirla, una onda explosiva. Una bala rompe el pellejo y desgarra órganos, músculos o huesos. El azar puede dejarte con vida como fue mi caso. Dos balas y varias esquirlas del Ejército taladraron mis piernas durante un combate en Remolinos del Caguán. Sobreviví para contarlo. Cientos de soldados, policías y guerrilleros no tuvieron la misma suerte y murieron. Los explosivos ocasionan las heridas más brutales, tanto los que se usan en tierra como las bombas lanzadas desde los aviones. Y no suelen discriminar entre combatientes y civiles.

El hombre antiguo ideaba engaños para apresar a un animal y comerlo. El hombre de este tiempo crea artilugios para cazar a otro hombre, a su enemigo. Las minas son trampas armadas con explosivos para dañar combatientes. Las cargas explosivas revientan tus órganos internos y arrancan y atomizan trozos de tu cuerpo. El mecanismo eléctrico se activa por la pisada de un combatiente o el roce de su cuerpo con una rama o una raíz. En ocasiones, el artificiero que siembra la mortal trampa es víctima de ella. La explosión. El silencio. El grito desgarrador. La mirada de terror de los que no fueron afectados.

Los combatientes no están solos en las áreas de guerra. En los lugares más remotos de la geografía colombiana hay gente rebuscándose la vida y lo hacen a pesar de los combates. El combatiente está entrenado para olfatear el peligro y emplea su industria para protegerse de un ataque aéreo o usa instrumentos para detectar un campo minado. La población civil, en cambio, tiene todas las de perder en una confrontación armada porque su vida cotidiana no es la de hacer la guerra sino la de ganarse el pan con su trabajo.

La mujer indígena sale a buscar la leña, con tan mala suerte que una trampa explosiva le arrebata una extremidad o la vida. El campesino se dirige a la plaza de mercado con su mula cargada de café y, de repente, se encuentra con una refriega y un cohete lanzado desde un helicóptero mata a su animal de carga. Quien más sufre la guerra en Colombia es la gente que vive en los campos. La gente que reside en las ciudades debería entenderlo y apoyar todos los esfuerzos de paz.

El acuerdo conseguido en La Habana entre el gobierno y las Farc para adelantar labores conjuntas de desminado es una de las mejores noticias para la gente que habita en los teatros de guerra. Las partes están en la dirección correcta.

“Yo las fabriqué e instalé”

Eudora Morales

“Yo las fabriqué e instalé”

COMPARTIR

Por Carlos Arturo Velandia

Cruzar un campo minado crispa los nervios. Cada paso es un segundo de vida ganado. Llegar al otro lado, una descarga de emociones que exuda la piel. A lo largo de la guerra revolucionaria, el uso de minas se ha justificado en razón de la necesidad de equiparar la guerra asimétrica que le plantean las fuerzas del Estado a la insurgencia.

El enemigo tiene acceso a armas tecnológicas mientras que las guerrillas, por su naturaleza popular, deben fabricar artesanalmente el armamento o adquirirlo en el mercado negro. Las minas que usan las guerrillas son rudimentarias, de muy baja tecnología, con un costo irrisorio y, prácticamente, hechas por cualquiera. No exigen nivel de escolaridad ni experticia alguna, son macabramente incluyentes.

No obstante, por más idóneas que parezcan son una trampa mortal; no eligen a su víctima ni hay bando que respeten, y el juego de azar que constituyen se presta para que sus artífices prueben de su propia medicina. En los setenta, el caso de Luis José Solano Sepúlveda, un guerrillero muy querido al interior del ELN que murió poniendo una, quebró la moral de la organización. A mí, personalmente, la llegada al campamento de un combatiente cuyas manos y ojos habían explotado mientras la instalaba fue el que más duro me golpeó. Las condiciones en que queda la persona y la ratificación de lo vulnerables que somos los combatientes me impactaron. Si un militar cae en un campo minado, pronto llegan los helicópteros, lo trasladan y recibe atención especializada. Para un guerrillero el tango es otro. El monte aumenta el riesgo de agravarse y la muerte siempre anda allí, merodeando.

Con mis investigaciones sobre este fenómeno en Colombia he podido concluir lo siguiente: de cada diez incidentes con minas una no explota, falla; una afecta semovientes, que pueden ser caballos o vacas; otra a la fauna silvestre; cinco a miembros de la fuerza pública; y dos a la población civil. De la afectación de estas a los insurgentes no hay registro, o al menos fuera de la selva. Jamás los accidentes con civiles se asumen como daños colaterales. Ese es un concepto inaceptable y mucho menos permitido como pretexto para continuar. Allí, la baja a la moral de la tropa es grande y los intentos por resarcir el daño, hasta donde sea posible, se dan; ya sea económicamente o quitando las minas enterradas.

En mis más de 30 años de insurgente, las fabriqué e instalé porque hacen parte del arsenal con que todo guerrillero debe tratar. Al final de la guerra dos armas caracterizan a las fuerzas contendientes: las bombas que lanza la Fuerza Aérea y las minas que pone la guerrilla. Con ellas los unos controlan el cielo y los otros, la tierra.

Usarlas indiscriminadamente tiene efectos perversos sobre la población. Es urgente que a la mayor brevedad, aprovechando el desescalamiento actual, las insurgencias suspendan su uso y pacten procedimientos para desminar. Todo indica que el final de la guerra se aproxima y no tiene sentido seguir minando territorios que producirán víctimas en momentos cuando ya ha llegado la paz.

El arrepentimiento existe. Hay muchas cosas que en la guerra no se debieron hacer, entre ellas las minas, pero más valor tiene reflexionar y llamar a un país a hacerlo.





La historia del primer condenado por minas en Colombia

Oscar Mauricio Pinto tendrá que pasar siete años en prisión por rebelión, terrorismo y uso de métodos de guerra ilícitos. El hombre asegura que es inocente, que su caso es el de un ‘falso positivo’.



El primer condenado en Colombia por el uso de minas antipersonal es Óscar Mauricio Pinto Cordero: 32 años; campesino de Playa Rica, Tolima; flaco, pelo al ras, retraído; militante de las Farc durante 14 años y conocido por el alias de El Silencioso, según la Fiscalía; preso en la cárcel la Picaleña de Ibagué donde transcurrirá esta entrevista. El día del encuentro con SEMANA –a finales del año pasado– Pinto cumplía un año de reclusión. Vestía jeans y una camisa de rayas rojas y blancas; parecía que acababa de tomar un baño y tenía una loción penetrante.

Hasta ese momento, Pinto nunca había hablado con la prensa, pero su nombre apareció en decenas de medios de comunicación que reseñaban un hecho histórico: por primera vez en Colombia, después de casi dos décadas de que todos los bandos de la guerra utilizaran minas antipersonal, se condenaba a una persona por instalar estos explosivos.

En marzo del 2015 el juzgado primero penal de Ibagué condenó a siete años de prisión a Pinto por los delitos de rebelión, terrorismo, y utilización de medios y métodos de guerra ilícitos. Dijeron que el hombre era integrante de las Redes de Apoyo al Terrorismo (RAT) del Frente 21 de las Farc; que proveía a ese grupo guerrillero de víveres, uniformes y medicamentos; que transportaba “granadas, munición y demás elementos de guerra”; y que cobraba extorsiones y vacunas.

Se dijo que Pinto había sido capturado por tropas de la Sexta Brigada del Ejército, y que había llegado a un preacuerdo con la Fiscalía (es decir, que había aceptado su culpabilidad) porque esto le permitiría una rebaja de hasta una cuarta parte de su pena. Todo eso dijeron y escribieron los medios de comunicación sobre Pinto, y él en cambio no dijo ni una palabra. Pero esta vez decidió hablar. Lo primero que dijo al comienzo de la entrevista fue: “yo no soy guerrillero”.

***

“Óscar Mauricio Pinto Cordero es un falso positivo”, fue lo primero que dijo Jimer Fabián Tique Sánchez, su abogado, desde la sala de su apartamento en Ibagué (esta entrevista fue previa a la visita a la cárcel, a la que él no pudo asistir). Explicó que su defendido aceptó firmar el preacuerdo por “economía procesal”, contó que Pinto proviene de una familia campesina de “escasos recursos económicos” y que no podía pagar los 20 millones de pesos que la defensa (o sea él mismo) cobraba para representarlo en un juicio. “Además, si nos íbamos a juicio se corría el riesgo de que lo condenaran a unos 30 años”.

El abogado insistió en que Pinto es un ‘falso positivo’ y que las autoridades lo detuvieron para mostrar resultados, así como el Ejército lo hizo con varios jóvenes de zonas marginales, a quienes desapareció y asesinó para luego presentarlos como guerrilleros dados de baja en combate. “Ni la comunidad ni él, ni la misma guerrilla, lo reconocen como integrante del frente 21”, aseguró Jimer Fabián.

Desde la sala de su apartamento –abarrotada de adornos, diplomas, fotos y un enorme equipo de sonido– el abogado explicó que Pinto es un campesino que trabaja la tierra; un hombre humilde que subsistía transportando en un campero a los vecinos y a los niños de las veredas hasta la escuela; un poblador de una región aislada y olvidada por el Estado que un día empezó a recibir órdenes de la guerrilla para que los movilizara, transportara cargas y recogiera paquetes.

“Es muy común que esto pase en zonas donde no hay presencia del Estado. La ley la impone la guerrilla. ¿Qué puede hacer esa gente?”, aseveró el abogado. Más tarde, desde la cárcel, Pinto resumiría su situación así: “uno vive en una zona roja y si tiene un carro tiene que servirle al que tenga las armas. Ellos son los que mandan”.

***

Óscar Mauricio Pinto paga una condena de siete años en prisión por supuestamente haber instalado minas.

Foto: Guillermo Torres

Óscar Mauricio Pinto dice que nunca ha tenido un apodo; que en la casa y en la escuela, donde estudió hasta séptimo de secundaria, lo llamaban simplemente “Pinto”. Según su versión, el alias de El Silencioso, con el que lo reseñaron los medios de comunicación, se lo impusieron las mismas autoridades luego de ser capturado el 5 de octubre del 2014.

Cuenta que esa tarde iba hacia su casa después de trabajar en un cultivo de tomates de guiso cuando un retén del Ejército le cerró el camino. Lo detuvieron. Le pidieron los papeles. Él respondió que no los llevaba porque estaba muy cerca de su casa. “Y al ratico llegó la Sijín de Ibagué. Me cogieron en medio de 20 civiles”.

Pinto es el sexto de una familia de nueve hermanos: ocho hombres y una mujer. Explica que “siempre fuimos criados alrededor de los carros. Desde pequeño mi papá ha tenido uno. Como allá en el pueblo no hay empresa de transporte, entonces uno compra el carro particular y lo trabaja”. Él compró el suyo en el 2008: un toyota blanco. Y ese carro, dice, se convirtió en su condena.

“Playa Rica ha sido zona roja desde que la guerrilla tumbó el puesto de la Policía en el 2005 –cuenta–. Es zona del que entre con armas, ya sea guerrilla, paracos o Ejército. Cuando le dicen a uno que hay que cargarlos, uno tiene que hacerlo y si no hace caso le queman el carro o lo sacan de la región. Hay que obedecer al grupo que se lo pida. Uno no pregunta quiénes son los buenos”.

Lo que Pinto ha dicho en esta entrevista hasta ahora ha sido a cuentagotas. A muchas preguntas solo responde con monosílabos, y otras veces simplemente guarda silencio. A ese ritmo avanza la conversación –repreguntando, pidiéndole que suba el volumen de la voz– cuando de repente entrega respuestas contundentes, lúcidas.

¿Por qué aceptó un preacuerdo si era inocente? “Porque me querían dar más de 25 años y ante eso me tocó aceptar lo que no es. Así es la ley aquí en Colombia. Y eso es lo que se ve aquí en las cárceles: no guerrilleros sino campesinos igual a uno”. Luego menciona a dos muchachos de su pueblo que están en la misma cárcel, y en su “misma situación”, condenados a 35 años de prisión por terrorismo. “Acá paga cárcel el que no tiene plata. Si uno no acepta el preacuerdo lo condenan con o sin pruebas”.

***

Hay dos pruebas clave en el expediente de Pinto según documentos de la Fiscalía: unas interceptaciones telefónicas a alias Veneno, segundo comandante del frente 21 de las Farc, en las que se habla de extorsiones y municiones (“aparecen audios donde estaría consiguiendo cincuenta granadas y 5 mil cartuchos”, reza el informe); y el testimonio de cinco desmovilizados, quienes señalan que Pinto instaló campos minados, prestó guardia en los campamentos de la guerrilla, y realizó labores de inteligencia a tropas del Ejército y la Policía.

También se reseña que “participó de la quema de un vehículo tipo camioneta marca Nissan” de la empresa TMT Obras Civiles, que estaba arreglando una vía a la altura de Playa Rica, provocando “estado de zozobra y terror a la población de residentes y comerciantes”.

Pinto asegura que los testimonios de desmovilizados son falsos: “son pelados del pueblo que hasta han trabajado conmigo guadañando, cortando frijol. Yo no los conocía como guerrilleros pero como la guerra se volvió un negocio, cualquiera viene a decir que es guerrillero para recibir beneficios”. Su abogado señala que incluso uno de esos testigos, Edgar Ricardo Yate Niño, “declaró después de que la Sexta Brigada lo obligó y recibió una suma de dinero en contraprestación a su testimonio”.

El abogado Jimer Fabián Tique Sánchez insiste en que “la defensa” tuvo contacto directo con miembros del frente 21 de las Farc, y que ellos manifestaron que Pinto “no pertenecía a ese grupo aunque sí, en distintas ocasiones, había llevado material de intendencia y comida a sus campamentos”.

Según las versiones de las autoridades, Óscar Mauricio Pinto tenía dos identidades: la del campesino que cultivaba frijol y tomate, y la del guerrillero que era clave para la actuación de las Farc en esa región del Tolima. Aunque ya hay una condena Pinto insiste en su inocencia, y su abogado no se cansa de repetir que su defendido fue “víctima de una red dedicada a involucrar a campesinos que trabajan en agricultura con grupos al margen de la ley”.

La última pregunta que el condenado responde antes de abandonar el salón de paredes grises, al que fue escoltado por cuatro guardias para esta entrevista, es su opinión frente al proceso de paz con las Farc. “La delincuencia no se va a acabar en Colombia. Hasta que no se acabe el hambre no se acabará la guerra”, dice, y los uniformados se acercan a él para conducirlo nuevamente a su celda.







LETRAS DE APOYO

Si bien existen campañas para generar conciencia sobre las minas antipersonal en Colombia, son pocas las que ofrecen apoyo económico para las víctimas. Con Letras de Apoyo usted podrá reescribir la vida de los que sufren este flagelo.

TOQUE EN LAS IMÁGENES PARA VER MÁS CONTENIDO

Tierra maldita

Eudora Morales

Tierra maldita

COMPARTIR

Estar en una tierra deseada por la guerrilla la condenó a una vida de quebrantos y luchas.

Hace 18 años, Angie Gómez* iba con su padre a recibir a los trabajadores que llegaban a una de las fincas que su familia tenía en el municipio de Argelia, Cauca. En el camino cayeron en un campo minado: él murió y ella perdió la pierna derecha.

Meses después, un grupo guerrillero asesinó a su esposo mientras trabajaba en la finca. De inmediato el resto de la familia, la madre de Angie, dos hermanos y cuatro sobrinos abandonaron sus tierras por amenazas.

Ahora Angie tiene 50 años, vive en Bogotá con otra familia desplazada del Cauca y recicla envases plásticos. Desde hace ocho años busca ayuda del Estado para solucionar sus problemas de salud y ser reconocida como víctima. Espera que la ayuda del gobierno llegue pronto para mejorar sus precarias condiciones de vida. “Cuando vivíamos en el campo nunca pasábamos necesidades”, asegura.

*Nombre cambiado por seguridad

“Me mataron a cinco hermanos”

Eudora Morales

“Me mataron a cinco hermanos”

COMPARTIR

Jair Rivera vio morir a cinco de sus familiares y una mina lo dejó discapacitado a los 31 años en una zona disputada por las AUC y la guerrilla.

Como si fuera poco tener que enterrar a sus hermanos, víctimas del conflicto armado en la vereda la Bocana del Fragüita, Caquetá, el 22 de mayo de 2002, Jair Rivera fue víctima de una mina antipersonal en su finca. El accidente, que le afectó un ojo y la movilidad casi completa de su mano derecha, lo tuvo hospitalizado durante siete meses en Cali. “Cuando vi como había quedado me dieron ganas de matarme pero poco a poco me fui dando cuenta que lo que podía curarme era regresar a lo mío, a mi tierra”, cuenta.

En 2005 volvió al Caquetá con ganas de retomar las labores en su finca, pero esta vez la violencia le volvió a pasar una mala jugada: lo amenazaron y tuvo que salir huyendo rumbo a Bogotá. Desde entonces vive en la capital del país y sueña con montar una empresa de producción agrícola para generar empleo.

“El Estado no ha cumplido”

Eudora Morales

“El Estado no ha cumplido”

COMPARTIR

Cerly Rocha asegura que a pesar de la tragedia que vivió cuando era niña, no ha recibido la indemnización que le corresponde. La violencia le dejó secuelas psicológicas imborrables.

Cuando tenía apenas 10 años y estaba terminando la primaria, Cerly Rocha perdió su pierna derecha tras pisar una mina antipersonal en el corregimiento El Hobo, municipio de El Carmen de Bolívar, zona afectada durante muchos años por la disputa del territorio entre las Farc, el ELN y las AUC. Cerly caminaba por un potrero de la finca de sus padres, y al desviarse para recoger cacao, cayó en la trampa. Hoy 24 años después, el Estado no la ha indemnizado por reparación administrativa como le corresponde. La joven, que actualmente trabaja con la Red Nacional de Sobrevivientes de Minas ayudando a personas que como ella sufrieron la violencia armada en Colombia, sueña con montar un salón de belleza y generar empleo a personas en condición de discapacidad.

VER VIDEO

“El deporte salvó mi vida”

Eudora Morales

“El deporte salvó mi vida”

COMPARTIR

John Martín, exmiembro de la Policía antinarcóticos, asegura que el deporte le ha dado una nueva oportunidad.

El 22 de noviembre de 2012 salió con el grupo de antinarcóticos de la Policía a una misión para erradicar un cultivo ilícito guerrillero en San Miguel, Putumayo. Pasó por un campo minado, un artefacto explotó y enseguida sintió un fuerte dolor.

No tardó en enterarse de que su pierna estaba destruida; se había fracturado el brazo y sentía una gran molestia en el estómago. Después de una hora, llegó el helicóptero que lo trasladó a Puerto Asís. En el hospital le amputaron la pierna izquierda, luego lo llevaron a Bogotá, en donde permaneció dos meses hospitalizado.

Solo después de un año y medio del accidente Martín recibió la prótesis. Sin embargo, el deporte lo sacó adelante. Ahora se dedica al ‘handbike’ (bicicleta pedaleada con las manos) y no duda ni un segundo que eso es lo que lo mantiene vivo.

Víctima de su propio invento

Eudora Morales

Víctima de su propio invento

COMPARTIR

Los guerrilleros también resultan afectados por las minas que ellos mismos fabrican.

El comandante Martín García* iba hacia al almacén de víveres en una zona rural de Huila con los cuatro guerrilleros que tenía a su cargo. Cuando estaban a escasos pasos de la tienda del campamento, uno de sus hombres entró para buscar comida. De repente se escuchó una explosión y al instante García corrió en su ayuda, pero al entrar tuvo la mala suerte de pisar una mina antipersonal, lo que también le había pasado a su compañero.

Los demás desaparecieron, los abandonaron. Una hora después llegaron otros guerrilleros y los ayudaron a salir. Cada uno perdió una pierna por culpa de las minas que su mismo grupo guerrillero había enterrado.

Tiempo después García decidió desmovilizarse de la guerrilla, formó una familia, terminó el bachillerato y aprendió confecciones. Sueña con conseguir materia prima para fabricar ropa interior, mejorar su casa y tener una mejor prótesis.

*Nombre cambiado por seguridad.

En un paseo de olla

Eudora Morales

En un paseo de olla

COMPARTIR

La guerrilla le ofreció 300.000 pesos y una cámara de fotografía por la pérdida de su pierna.

En un fin de semana de 1992, tres mineros se fueron de paseo de olla a la vereda de San Lucas, Bolívar. Dos de ellos descansaban en la orilla de una quebrada mientras Manuel Antonio Ramos se refrescaba y pelaba una caña de azúcar que pensaba compartir con sus amigos.

Cuando ya tenía listo el primer trozo de caña salió del agua y pisó una mina que le destrozó la pierna. Unos meses después unos integrantes de la guerrilla del Eln aparecieron en su casa y le ofrecieron 300.000 pesos y una cámara para disculparse por el incidente.

Por varios años Manuel trabajó en el campo y la minería, pero los paramilitares rodeaban varios municipios de Bolívar, y en 2010 le mataron una hermana. Hace cuatro años llegó a Bogotá donde montó una cigarrería y en las tardes vende dulces en la calle. Anhela fortalecer su negocio para que sus hijos puedan tener lo que a él le fue negado.